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2/14/2010

LOBO DE AGUA




Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

A Hilario Wolf nunca le interesaron los horóscopos. Bastante tenía con defenderse del berretín exótico de sus padres a la hora de bautizarlo.

Tampoco ellos se ocuparon del asunto astral de su hijo de haberlo hecho, tal vez y sólo tal vez, podrían haber pospuesto (nunca evitado) el incomprensible desenlace. Como gente de bien que eran tenían su tiempo comprometido entre el trabajo y la educación de Hilarito quien siempre había sido un niño tranquilo pero tenía algunas peculiaridades que, por lo menos, asombraban a su madre: “Este chico tiene fijación con la luna”, le decía Cata a su marido, “pareciera que la espera todas las noches”. El señor Wolf emitía algún “ahá” mientras leía el diario hamacándose, según sus propios ritmos, en una mecedora de mimbre. No terminaba de entender los mecanismos de ese hijo un poco taciturno que no se podía comprometer con nada terrenal, ni siquiera era fanático de Racing; para qué negarlo eso lo desilusionaba un poco.

La otra locura de Hilario era el agua.

Desde que pudo caminar se metía en cuanto charco encontraba; sentía una felicidad animal al revolcarse en ellos y terminaba lleno de barro hasta las orejas. Si Cata regaba el jardín el chico se interponía entre el chorro de la manguera y los rosales. Jamás puso reparos a la hora del baño, pasaba horas en la tina hasta que, con el agua ya fría, su madre lo obligaba a salir. “Mirá lo arrugados que tenés los dedos” le decía Cata mientras lo envolvía en un toallón blanco con una guarda de patitos. Y qué decir de la lluvia… le era simplemente irresistible. “Este chico tiene alma de pescado”, decía Cata, por si alguien la escuchaba, al tiempo que lo veía correr por el pasto mojado desde la ventana de la cocina.

El sueño recurrente apareció a los ocho años junto con las molestias en los pies. “Los tendrá planos”, sentenció don Wolf como terminando el asunto, pero Cata no terminó nada y lo llevó al médico.

Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

Después de examinarlo por un rato el clínico se jugó por “dolores de crecimiento” y le recomendó que empezara natación. “Es el deporte más completo que hay señora ya va a ver como en poco tiempo no le duele más nada”.

Temerosa pero incapaz de contradecir a un facultativo Cata lo inscribió en la pileta del club del barrio. El empleado toma los datos, habla de cuotas, de revisaciones médicas mensuales y de horarios de clase; Hilario hipnotizado por los reflejos azules que atraviesan una pared de vidrio tira dos veces de la falda de su madre y casi sin aliento dice: “Mamá, empiezo hoy”.

Se hunde en las aguas heladas pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada como loco siguiendo el camino plateado de la luna llena.

Apenas necesitó del instructor, Hilario era un intuitivo del nado. No había quien le ganara cuando se armaban las competencias en las cuales la masa liquida es dividida por collares de colores. Cada niño en una calle azul lucha contra el agua, la respiración y la sincronización de la patada; Hilario simplemente es él mismo.

Años más tarde una astróloga estudió el caso Wolf y fue ella quien dio la explicación más apropiada. “Está todo muy claro en su carta astral”, reveló como si todo fuera muy obvio, a la gente del noticiero, “este chico tiene un fortísimo ascendente en la luna y su elemento es el agua. Nunca vi una carta con esta disposición de los astros, nunca. Y por supuesto hay un componente sobrenatural sobre el cual tengo alguna teoría… “

Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

La transformación de niño blando a joven fibroso y moreno demandó, al decir de Cata, “lo que un suspiro”. Hilario se acostumbró tanto al dolor de sus pies en la tierra como al extremo placer en el agua.

“Quiero conocer el mar” les dijo a sus padres poco antes de cumplir dieciséis. “Buena idea”, respondió su padre. Cata hubiera querido opinar.

Llegaron a Mar de los Lobos un atardecer de febrero y poco después de acomodarse en el hotel don Wolf y Cata accedieron a los ruegos de Hilario quien los arrastró a través del aire salino hasta la playa oscura. Las olas rugían como monstruos amables y desde lo alto la luna trazaba el camino plateado tantas veces recorrido en sueños.

El dolor en sus pies se hizo intolerable pero corrió hacia la rompiente sin mirar atrás.

No había otra luz que la de la luna pero Cata asegura a quien quiera escucharla que la piel de Hilario se volvió gruesa como la de un lobo de mar.

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1/31/2010

CUESTIÓN DE SUPERVIVENCIA




Mi buen trabajo me costó conseguir un permiso especial para entrevistarla. No es nada fácil que las puertas de una cárcel de máxima seguridad se abran para un ignoto periodista free-lance. La celadora, gruesa y con aire de tapir malayo, me acompañó hasta un recinto pequeño. Aparté de mi mente la sensación de claustrofobia, le agradecí al tapir y me senté a esperarla frente a una mesita desvencijada.

Helena apareció escoltada por otra matrona del servicio penitenciario. Había imaginado a una mujer de aspecto temible por eso me sorprendió su fragilidad de gorrión. Le perdí el miedo nomás verla pero me volvió la cautela cuando con voz ajada me pidió un cigarrillo.

–¿Fuma? –pregunté– No sabía… le dejo el atado.
–Gracias, me envicié acá, Si me disculpa la ironía, hay que matar el tiempo de alguna manera. ¿Por qué quiso entrevistarme? ¿Qué quiere? ¿Ser el nuevo Truman Capote? Me asombró la alusión literaria y debe habérseme notado en la cara porque agregó: –Se puede ser culta y asesina, una cosa no invalida la otra.

Intenté una sonrisa y le dije:

–Me atrapó la historia cuando la leí en el diario. Siempre me interesaron los crímenes pasionales.
–Entonces no le voy a servir para nada. No fue un crimen pasional, fue cuestión de supervivencia.
–Empecemos por el principio, ¿le molesta si grabo la conversación?
–Para estas alturas ya nada me molesta.

Encendí la grabadora y la ubiqué sobre la mesa de madera que nos separaba, Mientras tanto, Helena ya fumaba un segundo cigarrillo. Dio una larga chupada y exhaló la nube de humo gris mirando el techo como buscando ahí el principio de la historia.

–A Roberto lo conocí en un bar, en Flores. Me gusta, bah, me gustaba leer en los bares, la gente y los ruidos no me distraen. Me da sensación de seguridad y por eso leo tranquila. Él se plantó delante de mi mesa y me preguntó qué leía. Le dije “Siéntese”, mientras giraba el libro para que él lo viera: Emma, Jane Austen. “Ese no lo leí, ¿me lo presta?” Le contesté que quería más a ese libro que a él y que tal argumento alcanzaba para justificar mi negativa. “Ya me vas a querer”, me dijo entrecerrando sus ojos de mirada oscura. Nunca me pasó nada igual, quedé prendada de su magnetismo. Dos cosas supe al instante, que él no era bueno para mí y que ya nunca me lo podría sacar de la cabeza.

Helena hizo silencio parecía atrapada en su recuerdo. Luego continuó:

–Él pidió un café y yo una gaseosa que jamás llegamos a consumir, Roberto me miró y dijo: “Vamos”. Dejó sobre la mesa los billetes que saldarían la cuenta y salimos del bar. Pasó su brazo por sobre mis hombros como preludiando la historia que acababa de empezar. Me besó casi con furia antes de entrar a su auto; recuerdo haber pensado en un conejo atrapado entre las garras de un águila. “Vamos”, dijo otra vez y yo no pude objetar nada, era imperativo que siguiera a ese hombre hasta donde él quisiera llegar.

Afuera atardecía. La luz entraba por una claraboya, por lo que la pequeña sala de reuniones se fue llenando de rosas y de rojos que creaban un aura mágica sobre la mujer delgada y teñían las volutas de humo que ascendían morosamente en espiral y se quedaban remoloneado largo rato pegadas al cielo raso. De pronto, como si las palabras le pesaran y quisiera deshacerse de ellas continuó el relato.

–Se metió en el primer telo que apareció en el camino, ninguno de los dos estaba como para elegir. La urgencia era dolorosa, si me lo pregunta no podría recordar ningún detalle, ni la calle siquiera. Le parecerá una exageración lo que le cuento pero le juro que fue así, éramos dos animales grandes con los instintos desaforados. Roberto respiraba con fuerza como si se bebiera el aire mientras se movía sobre mí. Me miraba con ojos de asesino y supe, íntimamente, que alguna vez tendría que matarlo.

–No entiendo –interrumpí– ¿qué la llevó a pensar en eso?
–Mire, desde chica he sabido interpretar las señales que las personas dejan a su paso, como las huellas en la arena mojada. Digamos que es un don. No puedo explicarlo científicamente pero cuando esa decodificación me llega sé que es inevitablemente cierta. De todas formas, en ese momento, aparté el pensamiento, para qué voy a negarlo, lo estaba disfrutando, era el mejor amante que había tenido.
–¿Y qué pasó después?
–Nos seguimos viendo regularmente. No éramos una pareja, no se crea, nada de casitas ni proyectos, lo nuestro era sexo nada más; jamás supe con qué club de fútbol simpatizaba. Yo no quería compromisos y él era un misterio que nunca pude develar. Lo cierto es que las cosas en poco tiempo se fueron de cause; a mí me gustaba la violencia en las relaciones y él se excitaba con esa peculiaridad que finalmente hizo suya. En los encuentros posteriores la escalada de agresiones (como parte del sexo) se tornaron cada vez más duras. Creo que él nunca había sido tan feliz. Pero eso no podía durar, las alertas en mi cabeza habían empezado a sonar. Una tarde después de una batalla me miré al espejo y vi sangre en mi cara. Lo miré y eso lo volvió loco, estaba cebado. Supe que corría peligro, que para Roberto el verdadero goce estaba en la dominación extrema y que sólo con más sangre mía calmaría su sed. Comprendí entonces que no bastaba con dejarlo y que debía prevenirme; empecé a llevar conmigo una daga pequeña, de las que se abren con un resorte, que podía esconder en cualquier lado. Olía un final cercano.

Helena interrumpió su relato, ya no hablaba para mí, las secuencias de esa relación infernal pasaban delante de sus ojos.

–La última tarde me llamó excitado y confuso. Aún por teléfono se le notaba el apremio. Estuve a punto de decir que no, pero yo también era parte de ese mecanismo enfermo y accedí. Me acuerdo que me vestí como para una ocasión especial, perfume, escote, tacos... una mezcla de miedo y calentura me hizo correr por la calle.
Nos encontramos en el hotel de siempre; no me había equivocado, Roberto estaba fuera de sí. Ni bien llegamos a la habitación me aplastó contra la pared. Todavía recuerdo el ruido de mi cráneo y el dolor. Quedé aturdida y floja. Sus ojos encendidos me miraban con hambre; supuse que había tomado. Me echó sobre la cama y empezó a luchar contra mi ropa y la suya. Entendí que las cosas estaban peor que nunca y aproveché la distracción proporcionada por la tozudez de mis botas para deslizar la navaja –escondida en el bolsillo trasero de mi pantalón– bajo la almohada.

–¿No pensó en irse? –la interrumpí– usted ya sabía que eso iba a terminar mal, ¿por qué no se fue?
–No pude, o mejor dicho, no quise, no se olvide que yo era parte del juego y esa locura, que ahora era de él, la había empezado yo.
–¿Y qué pasó después?
–Encendí la mecha del final, le crucé la cara de una bofetada. Roberto masculló un “ya vas a ver” y comenzó a ahorcarme, sí, rodeó mi cuello con sus manazas y empezó a presionar. Pensé que me quebraría la garganta, el aire dejó de llegar a los pulmones, sentí que me aflojaba, que mi cuerpo se desprendía de mí. Eso debió sorprenderlo porque aflojó la presión de sus manos. Tenía un segundo para reaccionar y lo hice, era él o yo. Tomé la navaja y no pensé: se la clavé en el corazón. Sus ojos me miraron incrédulos antes de desplomarse sobre mí. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude llamar al conserje del hotel. Lo que viene después ya lo sabe, la policía, el juicio, la sentencia…

–¿Por qué no alegó legítima defensa?
–Porque hubiera sido mentira. Entre Roberto y yo no cabían legítimas defensas. Sé que si yo no hubiera tenido ese segundo de lucidez en el que usé la navaja quien estaría conversando con usted sería él y no yo. Creo que tácitamente habíamos planeado la muerte del otro desde el primer encuentro aquella tarde en el bar de Flores.

La celadora tapir anunció que la visita se había terminado. Nos pusimos de pie y Helena adelantó su mano invitando a la mía a un último saludo.

–Mándeme un ejemplar del reportaje cuando lo publique, mejor aún, envuelva con él un cartón de cigarrillos.



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1/12/2010

OJOS DE SAL



–Pasame la sal, por favor.

Helena me miró sin mirarme.

Una pareja compartiendo la mesa. Una cena como cualquier otra. No, como cualquier otra no. Helena estaba rara. Me detuve a observarla, la miré fijamente. Ella no pareció advertir mi obstinación, seguía pinchando papas fritas con el tenedor, una tras otra como si enhebrara cuentas en un collar. Empecé a extrañar su voz haciéndome preguntas bobas o riéndose con esa risa de pájaro que tanto me gustaba. Extrañé tanto su voz como a Helena misma, ella no estaba ahí.

–Pasame la sal, por favor.

Helena me miró sin mirarme y acercó el salero a mi plato mientras dedicaba su atención y una leve sonrisa a algo o a alguien invisible ubicado, sin dudas, detrás de mí:
–Deliciosa sal– dijo mientras entornaba los ojos y pasaba su lengua rosa por los labios.

Algo estaba pasando, algo que no podía entender. Me preocupaba la desconexión de Helena, ¿estaría enferma? Acaricié mi mejilla rasposa tratando de verificar si de verdad era yo, Roberto, quien estaba ahí sentado con su mujer, Helena, como todas las noches desde hacía… ¿cuánto hacía? La escena era la de siempre, los mismos muebles, los mismos actores, la misma luz de cada noche pero tenía la certeza de un detalle desestabilizador –tan discordante como inexplicable– clavada en mi corazón.

Decidí dejar de lado mis propias papas fritas y dedicarme de lleno a dilucidar que pasaba. “Helena”, llamé. “Helena”, repetí. No me escuchaba, miraba a través de mí. Seguía absorta en la nada mientras pasaba el dedo por el plato, pescaba los granos de sal y se los llevaba a la boca.

Entonces lo vi.

–Pasame la sal
–dijo el hombre que habitaba en su iris derecho.

Juro que hice como en las películas, me pellizqué para certificar que no estaba alucinando.

Helena tiene ojos verdes, creo que los vi dos minutos antes de mirarla a toda ella en una librería de la calle Corrientes, hace… ¿cuánto hace?

Afiné la vista y me acerqué para ver la diminuta imagen que se plasmaba en la pantalla verde de su ojo derecho.

–Pasame la sal– repitió el hombre que no era yo y Helena, mi Helena, ofrecía su hombro desnudo a la boca de ese maldito para que él lamiera su piel salada delante de mis propios ojos.

Parpadeé varias veces porque el esfuerzo de enfocar la escena me hacía llorar. Seguí mirando sin animarme a creer: Helena y un hombre que no era yo tirados sobre una playa de arena fina, justo sobre la orilla de un mar tranquilo. Podía ver la espuma ir y venir sobre sus piernas desnudas… porque estaban desnudos en un paraíso desierto; solo ellos entre el cielo y el agua. Helena dejaba que el hombre que no era yo recorriera su cuerpo buscando más y más sal, se reía con su risa de pájaro y echaba su cabeza hacia atrás cada vez que la lengua del hombre que no era yo degustaba minuciosamente cada centímetro de su piel. Me debatía entre mirar y no mirar. Se me ocurrió sacarles una foto con la cámara del teléfono para usarla como prueba, ¿prueba? ¿de qué? De mi locura o de la infidelidad –mental, virtual o espiritual– de mi mujer que hacía el amor con un hombre que no era yo mientras yo, Roberto, su marido de carne y hueso la observaba chuparse el dedo salado sentada a mi propia mesa?

Desistí.

¿Qué hacer? Seguía mirando hipnotizado esa función íntima a la que no había sido invitado. Quería matar al hombre que no era yo, sentimiento del todo ridículo teniendo en cuenta las circunstancias geográficas del tipo de marras. El muy hijo de puta se encaramaba ahora sobre Helena, mí Helena, mientras la muy turra lo abrazaba con todo el cuerpo. Pensé en buscar un arma pero pronto recordé que les tenía pánico y que jamás había comprado una por lo que continué haciendo lo único que podía hacer: mirarlos.

Ahora descansaban, los cuerpos flojos sobre la arena. El agua debía ser tibia porque parecían no percatarse de que la marea había subido y los cubría como una manta. Se miraron un largo rato, profundamente, ojos contra ojos, hasta que, animados por alguna fuerza vital recién revelada, se levantaron y corrieron mar adentro como desaforados o locos, cayeron entre las aguas erizadas de espuma y desaparecieron. Me quedé un rato a ver si descubría las cabecitas asomar fuera del agua, como cuando uno avista delfines o lobos de mar, pero nada.

Regresé a la tierra, a mi casa, a mi cocina y a Helena, mi Helena, quien parpadeó y me dijo:

–Robert, pasame la sal.

cuento protegido por safecreative Código: 1001125301057

12/01/2009

DE LOS ESCRITOS DE CALEB


(Este cuento es la precuela –horrible palabra– de “Condiciones Normales de Presión y Temperatura” que puede ser leído en www.rosariocollico.blogspot.com)

Recibí el llamado de Roberto un lunes por la tarde. Dijo que un amigo le había dado mis señas particulares pero no especificó quién y yo tampoco lo pregunté; no hace falta preguntar todo. Pensé en rechazar su solicitud, últimamente tengo mucho trabajo, pero algo, tal vez el hastío de su voz, me persuadió de darle una oportunidad. Lo cierto es que le hice un lugar en mi agenda. Tuve, para ello, que posponer mis clases de masajes Thai o de digitopuntura, ya no recuerdo.

Lo cité en el salón de té del Jardín Japonés; para los negocios nada mejor que la quietud de un parque en medio de la ciudad; hay algo en esa mixtura de energías antagónicas que me resulta benéfico.

Roberto me esperaba en una esquina del salón. La luz gris de aquel miércoles le confería una tonalidad verdosa a su cara ensimismada. Parecía pequeño, hundido en el sillón; lo asocié con algo deshuesado, un pulpo o una medusa. Era él, lo reconocí de inmediato, su imagen concordaba perfectamente con la voz que recordaba. Para quien sabe escuchar es la voz de una persona un rasgo identificatorio de excelente calidad; casi mejor que una foto.

–Caleb– le aseguré mientras extendía mi mano hacia él.

La sorpresa o un temor súbito le abrieron los ojos, lo despertaron del letargo en el que flotaba y lo devolvieron a la realidad. Creo que no me esperaba o, mejor dicho, no esperaba lo que soy: un enorme negro calvo ataviado con un sari anaranjado. Sé que es un atuendo originariamente femenino pero he logrado adaptarlo a mi masculinidad. Por lo demás me resulta comodísimo.

Su mirada me recorrió de arriba abajo mientras estrechaba mi mano en desordenado y aparatoso apretón. Sus ojos se anclaron en mis pies o quizá en las sandalias de yute que los protegían. No se consigue calzado en serie en este número por eso es que un artesano las hace para mí siguiendo un diseño personal. Cuido mis pies al igual que el resto de mi cuerpo. Ellos son el basamento del templo que habita mi espíritu.

–Yo lo llamé…–empezó a decir Roberto pero lo interrumpí.
–Primero el placer, pidamos el té.

Fue sólo después que de que el servicio estuvo en la mesa que retomé la palabra.

No sé cuánto me conviene revelar sobre mis técnicas pero sostengo que cuando uno conoce a alguien hay que tomarse el tiempo para medirlo. Se debe propiciar un espacio de reconocimiento mutuo, de clarividencia. Se pretende establecer una idea sobre el otro con el aporte de la intuición y de los detalles que la vista, el olfato, el oído y el tacto nos permitan recolectar. Entiendo que puede ser una técnica generadora de cierto nerviosismo, sobre todo en un neófito, pero con el tiempo se descubre que es volver al instinto animal; es olerse para ver qué tan peligroso o amigable es aquel que se nos opone. Después llegará el momento del intercambio verbal en el que puede esconderse la mentira. Es entonces cuando uno confronta la imagen elaborada en la mente con el sujeto real que tenemos delante y que decidirá, en ese momento, qué exponer y qué guardar para sí.

Medí a Roberto y supe que él también, a su modo, me medía. Noté su intranquilidad por el parpadeo repetido y por la forma en la que vanamente intentaba secarse la transpiración de sus palmas restregándoselas contra el pantalón. Se mostraba inquieto como si nuestra cita fuera un mal sueño del que quería despertar.

Puse mi mano sobre el dorso de la suya y le dije:
–Calma Roberto, hablemos. –Me reconozco persuasivo y sé que la combinación del contacto entre las pieles acompañado de un mensaje claro y tranquilizador desarma cualquier temor-. Cuentemé –proseguí– ¿qué desea?

Roberto exhaló; literalmente pareció desinflarse como un globo. Relajó sus hombros y se animó a pedir:
–Quiero algo nuevo.
Para facilitarle las cosas pues sabía que no le sería fácil hablar sobre sus deseos le pregunté:
– ¿Algo sólo para usted?, ¿algo que lo incluya? ¿Qué debería generar eso nuevo que usted quiere?
–Mire Caleb, le seré franco, es la primera vez que recurro a… a alguien como usted.
– ¿Qué se supone que debo entender por “alguien como usted”?
– Bueno, usted me entiende…
–No, no lo entiendo –repliqué–, no acostumbro a dar nada por entendido cuando de mi trabajo se trata.
– Está bien, le explico. Hace ya unos años que salgo con Helena, ¡qué mujer! –juntó las palmas como en una plegaria y elevó los ojos al cielo–, una mina hermosa, le juro. Nos conocimos por casualidad y enseguida hubo algo que nos atrajo como un imán. Los dos somos libres pero tenemos nuestras vueltas y además nunca junté coraje para pedirle que viviéramos juntos. Llámelo temor al fracaso si quiere, llámeme cobarde o cómodo… y a ella también ya que estamos porque tampoco ella me dijo nunca nada…
– No estoy aquí para juzgarlo a usted o a su pareja.
– Gracias, sólo buscaba explicarle el contexto de la locura de llamarlo.
– Mire Roberto, no quiero calificar su llamado como una locura. Prefiero pensar que me necesita porque yo tengo algo que usted quiere. Ese “algo nuevo” que mencionó al principio. Ahora sé que se relaciona con Helena la mujer que, según sus dichos, forma con usted una pareja de cobardes.

Roberto sonrió por primera vez y retomó su explicación.

–Caleb, amo a esa mujer, me caliento de sólo recordar cómo me mira, no puedo imaginar siquiera la posibilidad de su ausencia pero desde hace un tiempo empiezo a leer en nuestros hábitos algo que ya viví en otras relaciones, un vaticinio de final y no quiero un final. Me parece que necesitamos un golpe de timón que nos cambie el rumbo, si seguimos así encallamos en la rutina sin escalas. Por eso cuando me hablaron de sus servicios me decidí a llamarlo.

Me gustó la analogía entre su pareja y un barco con certero destino de naufragio, me pareció que Roberto, aún con su apariencia desleída, tenía la imaginación precisa para que la combinación entre Helena, él y mi persona diera buenos frutos.

–Espero que también le hayan hablado de mis honorarios. Le aclaro que soy caro pero valgo la pena.
–Helena justifica cualquier gasto; cuando la conozca lo comprenderá.
–Por lo que me cuenta, Roberto, creo que ustedes requieren lo que suelo llamar una “experiencia Caleb”. Créame, jamás tuve un reclamo.
–Suena un poco fuerte, ¿no le parece? Pero, dígame más. ¿Qué vendría a ser esa experiencia?
–Lo primero que tiene que saber es que no ocurrirá nada que ustedes no consientan, o mejor dicho, no pidan. Tengo la facultad de anticiparme a los deseos de mis clientes y sé como satisfacer cada uno de ellos. Eso sí, tiene que confiar en mí. Les estoy sugiriendo para usted y para Helena una aventura sensorial de primera clase.
–No entiendo nada, sepa disculpar, soy contador.
–Se trata de tensar los sentidos como una soga –le dije levantando ante sus ojos mis dos dedos índices enganchados el uno del otro–, llegar al límite preciso y aflojar. Ni saturar ni retacear; por eso se necesita un experto. Prescribo el placer en la medida justa como para que sean ustedes quienes establezcan cuál será el próximo paso. Helena y usted serán los actores principales en esta obra. Mi tarea es preparar el escenario y cumplir con algún rol tan secundario como imprescindible…
–Le confieso –me interrumpió Roberto despegando la espalda del respaldo del sillón y adelantando su cabeza hacia mí como para no ser escuchado en las mesas vecinas– que me provoca algo de temor pero por otro lado siento que me asomo a un abismo al que quiero caer.

No pude evitar reírme ante la esperadísima reacción de Roberto. ¡Predecible como todos los humanos!, eso es lo que hace fácil mi trabajo; todo se trata de pulsar la cuerda adecuada. Enseguida calmé sus temores:

–No tema Roberto, soy un experto, soy el mejor. No es vanidad es conocimiento puro basado en estudio y observación. La propuesta incluye alternar sensaciones, mezclar y separar, provocar combinaciones extremadamente sutiles o sutilmente extremas. Transitar planos paralelos tanto físicos como mentales, permitir, luego, su inclinación y el inevitable cruzamiento. Se trata de timbales y saxo, canela y pimienta, azahar y almizcle, plumas y satín…

En ese momento reparé en que la expresión de Roberto había cambiado. Su mirada se marchó de sus ojos hacia algún lugar vedado para mí. Se preguntaría, tal vez, qué desafíos sería Helena capaz de aceptar. No seguí hablando pues no quise interrumpir la visión que, a juzgar por su sonrisa boba, estaba disfrutando. De pronto regresó al salón de té del Jardín Japonés, a su sillón, a nuestra entrevista y preguntó abruptamente:
–¿Y qué tengo que hacer?
–Lo primero será cerciorarse de que Helena esté dispuesta a participar de una experiencia distinta. Es imprescindible que ella confíe en usted porque yo llegaré a ella a través suyo.
–Y si acepta, ¿qué hago?
–Haga el cheque a mi nombre. Yo me encargo de todo

11/21/2009

LA BRÚJULA


Lo abrió demorándose en el placer crepitante del papel de seda; sopesó la posibilidad de evitar que se rasgara para luego doblarlo y guardarlo entre los demás papeles de regalo que formaban una pila multicolor en el segundo cajón de la alacena pero una involuntaria rotura le ahorró la decisión, aceleró el trámite y lo que había sido todo cuidado y lentitud se transformó en pura furia y bollos arrugados.

La caja era aún más bonita que el papel, con bisagra y broche de metal. “Esta sí la guardo”, pensó al tiempo que levantaba la tapa. Sobre una maraña de espuma plástica descansaba una preciosa antigüedad, una brújula.

La sorpresa superó a la decepción de no encontrar una joya en aquel nido tibio, la pulsera o el reloj que había imaginado cuando él le entregó el paquete.

Eso había ocurrido unos minutos atrás, después de que la dejara en la puerta de su casa y antes de darle arranque al auto y perderse en la noche. “No lo abras, Helena, no hasta que no me haya ido”, le había dicho sin darle tiempo siquiera de fingir una protesta. Simplemente se fue sin mirarla dejándola sola, sin él, y con aquella pequeña obra maestra del packagin entre las manos.

Mientras la llave giraba en la cerradura varias cosas se mezclaron en su cabeza formando capas que se cubrían unas a otras formando una Babel de pensamientos: la felicidad de volver a su casa y a sus cosas conocidas, el vago lamento por la soledad, el vino que había descorchado ayer y que hoy sabría más rico, el color de sus uñas que combinaba con el del lazo del paquete y que curiosamente repetía el color del vino. Reparó al final en la colección interminable de ideas paralelas o levemente cruzadas que se desencadenan al menor estímulo.

A Roberto lo había conocido un par de meses antes en la inauguración del bar de un amigo común. Le resultó simpático pero uno más de esa extensa colección de hombres sueltos que ni bien la conocen a una le plantan el orgullo de su condición de solitario en medio de la cara pero que al promediar la velada, fatalmente, descubrimos la hilacha de aquel que se ha perdido y busca desesperadamente volver al amparo de lo conocido.

Tal vez todos estemos un poco perdidos. Deambulamos en un mundo bastante más hostil al imaginado o, mejor dicho, poblado por gente más hostil a la imaginada. Será que todo cambia muy rápido y nosotros tenemos en los genes el letargo de una siesta de verano que nos impide reescribirnos con la velocidad que amerita la vida o por ahí uno se acomoda morosamente en su covacha interna cansado de equivocarse y se queda hasta el fin de los tiempos aunque por fuera camine, baile, trabaje y se relacione. Sea lo que fuere, sí es cierto, que de tanto en tanto uno recibe en el reflejo del espejo la mirada desconcertada de un chico que se ha perdido en la plaza y todo su mundo de toboganes y hamacas se paraliza en ese instante mortal: la sonrisa se congela en el rostro angustiado, el reloj no avanza ni un segundo y las sombras de los árboles no cambian su largor hasta que no reconoce la silueta materna sentada en ese y no en aquel otro banco.

Helena no le dio a Roberto más chances que a otro. O mejor dicho no se dio a ella la menor oportunidad, era como si repitiera esquemas largamente conocidos condenados al fracaso de antemano. Lo supo desde el principio y tal vez él también. Salieron a pasear, fueron al cine, tomaron el te mirando al río, compartieron una cena y una cama pero no hubo manera de establecer entre ambos un mínimo de complicidad. Ese recóndito elemento que hace que uno confíe en el otro. Sin eso presente todo queda en la superficie y cada salida se parece inevitablemente a la anterior. La repetición conspira contra las relaciones humanas tal vez porque uno sospecha y anhela que por debajo de la apariencia haya, ¡por favor!, algo más.

La noche del paquete fue la última de aquellas salidas y hubiera tenido destino de olvido de no mediar la brújula.

Nunca había tenido una. Le gustaba ese objeto extraño de apariencia simple pero cuyo funcionamiento se basaba en las complejas leyes del magnetismo terrestre. Prima del astrolabio y genéticamente china u olmeca tenía algo de mágico y secreto en la titubeante oscilación de la aguja.

Se sirvió una copa de vino mientras pensaba en qué lugar de la casa podría lucir mejor su nueva pertenencia pero pasó un rato y se percató de que la brújula aún estaba entre sus manos. “Sería una grosería no agradecer”, pensó y marcó en su teléfono el número de Roberto.

– El usuario del número solicitado está inhabilitado para recibir llamadas – dijo una voz femenina con toda la metálica calidez de la que es capaz una grabación.

Intentó el llamado varias veces más. Sin éxito. Corrió a la computadora y abrió el programa de chat para comunicarse por esa vía. No se sorprendió al verificar que había sido eliminada de los contactos de Roberto.

La vida le había enseñado a no ahogarse en un vaso de agua y esa nueva situación de casi orfandad despertó algo interno y dormido que le obligó a mirar la brújula que aún sostenía en una mano y a pensar que había llegado el momento de usarla.

7/11/2009

ALCOHOL EN GEL

Alcohol en gel

Rosario Collico

Arisméndez se miró al espejo y no pudo evitar el acostumbrado ramalazo de pena. Era curioso que se nombrara a sí misma “Arisméndez” tal como solían hacerlo sus compañeros de oficina. El “Lucía” había quedado atrapado en los labios susurrantes de mamá, que la llamaba –sobre todo al final– con un hilito de voz cada diez minutos. En realidad la vieja no quería agua, ni que le levantara la almohada, ni hacer pis. “Mamá tenía miedo de irse sola sin que yo la tomara de la mano”, se dijo y volviendo al espejo comprendió que con ese corte de pelo se le parecía y volvió a extrañarla.

Se había levantado cansada con una desazón anudada en el estómago que le provocaba una especie de letargo. Iba ya con diez minutos de atraso. Se puso el abrigo y aseguró cada botón, incluso el que se ajusta al cuello pues la radio había anunciado la temperatura más gélida del año. Se calzó el gorro de lana hasta los ojos, se enroscó la bufanda, contó las monedas para el colectivo y salió de su casa no sin antes guardar en el bolsillo del tapado rojo el envase de alcohol en gel, oro en polvo en esos días de pestes nuevas.

No hay peor enemigo que el que no podemos ver; según decían los diarios y la televisión los malditos virus de la gripe se podían esconder en todos lados; la única prevención era lavarse las manos continuamente y evitar que algún infectado tosiera sobre una persona sana. “Por suerte mamá se salvó de esto, no hubiera resistido esta epidemia”; con un raro mecanismo su cerebro elaboraba esos pensamientos para sembrar una tranquilidad que no prendía. Qué trabajo habría dado mamá en esta crisis pero lo hubiera preferido cien veces a la soledad de cerrar la puerta sin despedirse de nadie.

En el ascensor recordó que debía lavarse las manos después de tocar cualquier cosa y no más cerrar la puerta tijera se desinfectó con alcohol. Una sensación rara como de frío en la espalda se juntó con el frescor que todavía crepitaba entre sus dedos.

Día gris, veintidós pasos que la separaban de la parada del colectivo. Apretó las monedas en la mano y contuvo la respiración cuando al subir los escalones el tipo de atrás carraspeó sonoramente. En esos días, un estornudo desconsiderado o una simple tos eran la peor de las afrentas.

Sentada en el último asiento libre se tapó nariz y boca con la bufanda y volvió a repetir el rito del gel. Esta vez, al restregar las manos tuvo la repentina visión de huesos descarnados y de nuevo el cansancio pareció abatirse sobre sus hombros.

De pronto la consabida frenada, el cliché del transporte urbano en Buenos Aires; Arismendez se protegió del golpe apoyando sus manos sobre el pasamanos del asiento delantero. Mecánicamente sacó la botellita, no fuera cosa que los virus de algún infectado contaminaran la superficie de metal y se le quedaran pegados. Pero no tuvo fuerza ni para destapar el envase de plástico y todo perdió valor y sustancia: la gripe, el contagio, la tristeza, la oficina. Ante la exclamación ahogada de los pasajeros la mujer de tapado rojo y gorro de lana calzado hasta los ojos cayó blandamente sobre el piso del colectivo.