TODO POR AMOR
Haydée Guzmán
Alcira estaba loca. Por lo menos eso dicen los que la conocieron. Alcira intentaba recordar, pero mejor no, porque presentía que la palabra loca se inició en boca de Arturo.
Alcira estaba protegida, Arturo se ocupaba de eso. Puso tres mujeres para que la atendieran. Ella solo tenía que pedir para que alguna de las tres le cumpliera el deseo, pero qué deseaba. Si Arturo no estaba cerca es muy difícil que ella lo supiera, y si estaba no se animaba a decirlo.
Según parece hace años que estaba loca, era algo que se decía y se repetía sin ningún reparo, en su presencia, en presencia de cualquiera, incluso de desconocidos. Alcira lo había aceptado, como había aceptado que las ideas de Arturo se hicieran sus ideas.
Él salía del departamento, tenía que trabajar. Como un burro y a sus años, tenía que trabajar para que a la reina (como solía decirle Arturo) no le faltara nada. Claro, aunque Alcira tenía el presentimiento de que lo que no le faltaba era alguna cosa. Cosas tenía más de las necesarias. Ropa que jamás usaría, alhajas, zapatos y carteras de los más legítimos cueros. Tal vez porque había entendido que lo único que podía pedir eran cosas, las pedía. Muchas veces insólitas, como la vez que pidió un reloj para la mesita de luz, con números grandes para verlos desde la cama y el frente inclinado para no tener que voltearlo para darle cuerda, ah, y de color azul, por la alfombra. O cuando consideró indispensable tener una campanita para llamar a las chicas, así no tenía que hablar. En otra oportunidad compró un pasaje a España, donde vivía su hijo, pero claro debía ir sola, Arturo no iba a ir a visitar a su hijo al otro lado del mundo para que el pobre viera a su madre loca, y al final no fue. La billetera siempre estaba colmada de plata, por las dudas de que necesitara algo y Arturo no estuviera.
Después del desayuno y un beso rasante sobre su frente, él se iba. Hasta la noche y a veces hasta después de dos o tres días. Alcira se sentía libre, como si hubiera escapado al radar, un radar del que no podía desprenderse. Como si fuera un planeta y su órbita, si sale de la órbita corre el peligro de desintegrarse o quedar en una especie de limbo, un flotar en la nada, sin nada. Alcira temía del limbo y por eso esperaba ansiosa las llamadas que confirmaran que seguía en la órbita correcta y, al mismo tiempo, le dieran libertad hasta que Arturo regresara o repitiera la llamada, porque, cuando no estaba, él llegaba a llamar hasta tres y cuatro veces por día. Alcira sabía que Arturo tampoco podía perder de vista su planeta.
Tres personas para cuidarla, atenderla… y algo más. Ella sabía que todo cuanto dijera o hiciera iba a ser comunicado a Arturo, por eso tenía que cuidarse. Es elegante decir que son enfermeras o estudiantes de medicina que además de ayudarla le hacen compañía; llenan la casa de caras jóvenes trayendo a sus amigos; le dan la oportunidad de una charla interesante. Alcira es muy culta, necesita pares para entretenerse en una charla. Arturo era un par.
También estaban los fines de semana y por más que ella insistiera en que fuera a visitar algún amigo, y él mismo inventara salidas “porque es muy difícil estar tanto tiempo en compañía de una loca”; igual quedaban horas para compartir. Arturo aprovechaba esas horas para encerrarse en su cuarto, tener llamadas telefónicas que Alcira no escuchaba pero sabía, conocía de memoria frases como: “y, te imaginás, acá, haciendo guardia”; “ojalá pudiera ir a verte, sabés cómo te necesito, pero después de estar con vos, vengo y tengo ganas de matarla”. Alcira sabía con qué número hablaba cuando decía esas cosas. También sabía que hablara con quien hablara, siempre usaba voz de resignado, de mártir virtuoso que acepta con gusto la condena asignada, porque cree en el Cielo y en el Juicio Final, del que quiere salir airoso.
En general Arturo aprovechaba esos momentos en los que no le quedaba más remedio que compartir con Alcira para explayarse sobre lo sufrida que era su vida. Sin tiempo para disfrutar. Con amigos que tenían esposas sanas y podían programar un viaje, una salida al cine. Claro, ellos no iban a ningún lado desde que ella se puso peor. Antes salían con una amiga de Arturo, los tres. O se quedaban en el departamento a escuchar cómo Arturo comparaba y Estela era tan mujer, tan práctica para resolver las cosas, mientras que ella era incapaz de servir un té. Igual, cuando cenaban en el departamento, Alcira tenía un escozor que no podía definir ¿por qué Arturo insistía en que ella lavara los platos, mientras ellos dos se quedaban en el living charlando o viendo una película?, desde la cocina los oía reírse, hablar, la pasaban bien y ella no tenía ganas de volver. Volver era repetir las comparaciones que no la beneficiaban. ¿Será por eso que un día decidió ser sorda?
Desde que quedó sorda y el pobre técnico nunca acertó en ajustar su audífono, Arturo encontró más reproches, más reclamos, más lástima de sí mismo por haberse casado con una mujer enferma y no tener agallas para separarse. ¿Serán agallas lo que le faltaron, se preguntaba Alcira? Y dejaba la pregunta a un lado y cada vez que Arturo hablaba de separación repetía sus escenas, sus intentos de suicidio, sus internaciones psiquiátricas. Y así seguían. Uno y otro.
Cada quien midiendo hasta dónde daba la situación. Un círculo que se estrechaba a cada nueva enfermedad de Alcira, a cada nueva impaciencia de Arturo. Alcira recibió tantos desprecios, primero en la panza, operación tras operación y Arturo y su séquito de compañeras pagas y gratuitas ayudándolo a superar tantas desgracias.
Un día, Alcira cansada recibió todo el desamor en medio del pecho. Fue el día en que Arturo le dijo “me voy, te dejo, no quiero verte más”. Alcira tuvo una bronquitis, un lapso de desmemoria, pérdida absoluta de la razón. Yo diría un descanso, una primera partida. Y así, descansando se murió, y ahora Arturo está perdido, tratando de encontrar qué enfermedad le cae mejor.
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7/19/2009
7/11/2009
CON OLOR A MANDARINAS
Haydée Guzmán
La noche, una cualquiera. Las necesidades, unas cuantas. La soledad inmensa, absoluta, y cuando no, latente. Imposible pensar en escribir cuatro líneas coherentes cuando se está sumergido en la oscuridad, con suerte puede rescatarse el placer de leer, pero el escribir es mucho más difícil.
Las mujeres no tenemos siete vidas como los gatos, pero sí una esencia felina que nos otorga por lo menos cuatro, y así pasamos por este mundo: muriendo y resucitando. Mi caso no es distinto. Muero y resucito, como el ave Fénix, pero no de mis propias cenizas sino de mi propia voluntad, a fuerza de voluntarismo impuesto, consciente y recreado cada mañana.
Sólo se necesita una palabra amiga, unos ojos confiables, una mano cálida y ya la vida tiene olor a mandarinas, y entonces es distinto. Porque con olor a mandarinas una puede escribir los versos más tristes esta noche, o disfrazarse de hada y construir diez mil milagros por segundo.
Eso hice, una noche cualquiera, con todas las necesidades a cuestas y la soledad, inmensa, absoluta y por momentos, solo por momentos, latente, resucité. A fuerza de voluntad me inventé una varita mágica con la que conseguí una cara de príncipe azul, de los que no destiñen, un traje de polichinela, cubrí la noche con palabras doradas y nos fuimos juntos a teñir la cama de amores pasados y futuros.
La noche, una cualquiera. Las necesidades, unas cuantas. La soledad inmensa, absoluta, y cuando no, latente. Imposible pensar en escribir cuatro líneas coherentes cuando se está sumergido en la oscuridad, con suerte puede rescatarse el placer de leer, pero el escribir es mucho más difícil.
Las mujeres no tenemos siete vidas como los gatos, pero sí una esencia felina que nos otorga por lo menos cuatro, y así pasamos por este mundo: muriendo y resucitando. Mi caso no es distinto. Muero y resucito, como el ave Fénix, pero no de mis propias cenizas sino de mi propia voluntad, a fuerza de voluntarismo impuesto, consciente y recreado cada mañana.
Sólo se necesita una palabra amiga, unos ojos confiables, una mano cálida y ya la vida tiene olor a mandarinas, y entonces es distinto. Porque con olor a mandarinas una puede escribir los versos más tristes esta noche, o disfrazarse de hada y construir diez mil milagros por segundo.
Eso hice, una noche cualquiera, con todas las necesidades a cuestas y la soledad, inmensa, absoluta y por momentos, solo por momentos, latente, resucité. A fuerza de voluntad me inventé una varita mágica con la que conseguí una cara de príncipe azul, de los que no destiñen, un traje de polichinela, cubrí la noche con palabras doradas y nos fuimos juntos a teñir la cama de amores pasados y futuros.
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