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1/18/2011

LA SOLEDAD NO ES PARA TODOS

La soledad no es para todos - Hojas de otoño.

Andrea, pensó en los ciclos de la vida, y que cumpliría cincuenta y un años dentro de un mes.A través de su ventana, fijó la mirada en la ventana del edificio vecino, era limitado el espacio que las separara; estaban casi pegadas. Ver el sol, desde allí adentro, era sólo una ilusión.Vio desplazarse gente haciendo diferentes tareas, que parecían personas. Ella también, parecía una persona. Fue cerrando lentamente lo ojos y se dejó llevar por los recuerdos.Nada la perturbaba, ni siquiera aquellas vagas evocaciones de los seres queridos.En los últimos treinta años, todos habían muerto.Quedó muda y vestida en su interior, siempre de luto. Se preguntó si acaso, a pesar del empeño que cada cual pone en transitar el camino de la vida, esta no se presenta fiera para muchos, como le había ocurrido a ella.

El sendero artero le había mostrado con pertinacia, esa boca con colmillos afilados y sobre todo las manos. Aquellas manos tenían venas como nervaduras y afilaban dagas, que iban dirigidas a su persona. Trataba infructuosamente de esquivarlas. Sintió siempre, que sus gozos casi no existieron. ¿Algo habría estado mal dentro de sí? Nunca supo que pudo haber sido.Se sintió estúpida, aunque ya era tarde también, para sentirse estúpida.Estaba marchita, como las hojas doradas que en esa tarde de otoño se ofrecían en un último sacrificio. Yacían en las veredas para ser pisoteadas y crujir con un lamento lejano, debajo de las suelas de los zapatos de los transeúntes indiferentes.Ella, también había perdido toda sensibilidad por las cosas bellas que la existencia, ofrece a otros. ¡Es que las había disfrutado, tan poco!Quiso ser una hoja como esas, seca ya estaba. Tomó impulso. El estrecho, margen entre los edificios, le dio sin embargo el espacio justo para extender sus brazos.

Sabía lo que le esperaba, lo había buscado, por breves instantes se sintió libre como un pájaro.

Con todo cariño, Clara




9/22/2009

Bajo la opaca luz de Abril

Peinó su pelo con manos de pulpo rojo, se miró al espejo con cara de buitre.
Desencajada y feroz, vomitó cieno. La piel se le ajó como papiro estrujado, mientras por la claraboya entraban dos haces raídos de sol.

“No pienso más”, “no pienso más”, no obstante, por fin decidió.
Una lengua de fuego voraz, quemó su rostro.
Su grito avivó la llama, no le importó, corrió la cortina grasosa y gris.
Cayó como bólido en flama iluminando un poco más, la opaca luz de abril.

8/05/2009

SINO


Martín de quince años y su familia viajaban a Buenos Aires procedentes de Francia.
Su padre había sido trasladado por la compañía para la cual trabajaba, finalmente volverían a su país.
Estaba inscripto en el Liceo Francés en donde se reencontraría con su amigo de Perpignan, Olivier.

Su amigo, por chat le contaba lo bien que le iba y por su intermedio conocía todas las caras de sus futuros compañeros. Tenía también, ciertas referencias sobre ellos.
Entrecerró los ojos y las imágenes circularon con rapidez por su mente.
Se vio en la clase con los demás chicos. Trató de imaginar la cara de los profesores y los dibujó sin lápiz en un papel inexistente, sólo trazos que su imaginación le dictaba.
Le causó gracia y una sonrisa curvó su boca y encendió sus ganas.
Recordó entre tantas fotos, aquella donde aparecía en primer plano el rostro de esa chica bonita, la de las pupilas negras y cálidas. Incendiaba su corazón sólo con verla ¡Cómo le gustaba!
Se había propuesto conquistarla ni bien llegara, no le importaba si tenía novio o no, sería para él.

El avión comenzó a tener problemas, el personal de abordo trató de llevar calma e impartió las instrucciones pertinentes.

Los sueños felices de Martín, descansan en el fondo del océano.

7/11/2009

LA OTRA CARRETERA





Una fina lluvia de otoño tamborileaba alegremente sobre el ventanal despojado de ayeres.
Adentro, el crepitar de los leños cortaba la sensual atmósfera con sus sonidos secos.
Ella se había tendido sobre la alfombra, la calidez del ambiente, el vaso de whisky y la música iban haciendo el resto. Vislumbraba su llegada y esos ojos negros que la podían.
En su presencia, dejaba de ser quien era, de lado quedaba su carácter de acero: se volvía mansa, se abandonaba al devenir del fuego interno, bailaba al compás de su corazón latiendo acelerado, se le cortaba el aliento. Podía tener un orgasmo, solamente presintiendo su presencia.
Mario, era un exitoso ingeniero con excelente planta y adulado por las mujeres, pero por sobre todas ellas la que siempre había contado con su preferencia era su mujer.

Él, le había dicho a Josefina, que lo de ellos era pura pasión que iba a durar lo que durara.
Esto exacerbó sus instintos de fiera indómita, la que habitaba dentro de la pulcritud de su asepsia médica.
Estaba dispuesta a jugar hasta la última carta en ese juego. Quería ganárselo, sacárselo a su esposa.
Esa, no era competidora para ella Josefina López Arrigo, eminente neurocirujana joven y dueña de una excepcional belleza.
Su hermosura competía en importancia con su retorcimiento emocional.
Nunca había amado, pero ahora tal vez…

Los minutos parecían caer somnolientos desde el reloj al piso. Sus oídos cada vez más aguzados esperaban escuchar que el auto se aproximaba, pero su amante no aparecía, tampoco contestaba el celular. La inquietud la estaba destruyendo.
Nadie la dejaba plantada.

Un gesto demoníaco le transfiguró la cara y pensó las diferentes formas en que vengaría esa ofensa, Mario no concurrió.

Despertó de un leve sueño a causa del llamado telefónico que no cesaba, era Javier, amigo de Josefina y quien le hubiera presentado a Mario.
Se estaba comunicando desde la Clínica Pedraza donde Josefina era jefe del servicio de su especialidad para decirle que Marito, tal como lo solían llamar, estaba internado en grave estado a raíz de un accidente carretero.

Rápidamente llegó al centro médico y lo vio allí inmóvil, se conmovió. Extraño en ella, incapaz de abrigar sentimientos de ese tipo.
Marito, necesitaba una intervención quirúrgica que llevara alivio a su delicada situación de salud.
Se prepararía para operar.
El sólo ver a los familiares de él desesperados, tiñó su semblante de un gesto despreciativo.
Le preguntó a Javier qué había sucedido. Se transfiguró, cuando su amigo le dijo que el accidente había ocurrido en una carretera que conducía hacia la casa de Mario.

Se imaginó la escena, él dirigiéndose a su casa, haría el amor con su mujer, y ella sola… esperando.
Derivó el caso a otro colega. Se encerró en su consultorio y profirió un grito ahogado, de rabia, de envidia, de celos.
Mario murió en la operación, su corazón no resistió.
Unas lágrimas lamieron sus mejillas y una risotada de felicidad inundó el ámbito de su cuarto. Si no era de ella, no sería de nadie. La muerte de Mario la alegró profundamente.

Mario se había enamorado de esta mujer.
Josefina nunca supo que aquel anochecer él, le iba a pedir el divorcio a su esposa y como regalo para ella se lo pensaba decir luego, la noche del frustrado encuentro.

Un par de días después, la médica, se cruzó en el laboratorio con un joven doctor y pensó: “¡qué bueno que está el nuevo médico residente!”