La soledad no es para todos - Hojas de otoño.
Andrea, pensó en los ciclos de la vida, y que cumpliría cincuenta y un años dentro de un mes.A través de su ventana, fijó la mirada en la ventana del edificio vecino, era limitado el espacio que las separara; estaban casi pegadas. Ver el sol, desde allí adentro, era sólo una ilusión.Vio desplazarse gente haciendo diferentes tareas, que parecían personas. Ella también, parecía una persona. Fue cerrando lentamente lo ojos y se dejó llevar por los recuerdos.Nada la perturbaba, ni siquiera aquellas vagas evocaciones de los seres queridos.En los últimos treinta años, todos habían muerto.Quedó muda y vestida en su interior, siempre de luto. Se preguntó si acaso, a pesar del empeño que cada cual pone en transitar el camino de la vida, esta no se presenta fiera para muchos, como le había ocurrido a ella.El sendero artero le había mostrado con pertinacia, esa boca con colmillos afilados y sobre todo las manos. Aquellas manos tenían venas como nervaduras y afilaban dagas, que iban dirigidas a su persona. Trataba infructuosamente de esquivarlas. Sintió siempre, que sus gozos casi no existieron. ¿Algo habría estado mal dentro de sí? Nunca supo que pudo haber sido.Se sintió estúpida, aunque ya era tarde también, para sentirse estúpida.Estaba marchita, como las hojas doradas que en esa tarde de otoño se ofrecían en un último sacrificio. Yacían en las veredas para ser pisoteadas y crujir con un lamento lejano, debajo de las suelas de los zapatos de los transeúntes indiferentes.Ella, también había perdido toda sensibilidad por las cosas bellas que la existencia, ofrece a otros. ¡Es que las había disfrutado, tan poco!Quiso ser una hoja como esas, seca ya estaba. Tomó impulso. El estrecho, margen entre los edificios, le dio sin embargo el espacio justo para extender sus brazos.
Sabía lo que le esperaba, lo había buscado, por breves instantes se sintió libre como un pájaro.
Con todo cariño, Clara

